Las dimensiones de la práctica social y el componente sacral-fantasmático del sentido subjetivo

Las dimensiones de la práctica social y el componente sacral-fantasmático del sentido subjetivo

 

 

La teoría del psicoanálisis concibe a la sociedad como un objeto psíquicamente investido, una proyección inconsciente que responde al deseo de la búsqueda de la no necesidad

La estructura de la sociedad esta compuesta por una trama de relaciones sociales y por  tres dimensiones fundamentales: una base material objetiva, uno o más sentidos subjetivos atribuidos por los actores u observadores y por ultimo, una dimensión objetiva propia de las relaciones de poder institucionalizadas.

Las dos primeras están íntimamente relacionadas, de todas formas  no se las debe confundir para evitar caer en reduccionismos.

El sentido subjetivo de las practica sociales se compone, a su vez, por cuatro componentes. El primero de ellos es el racional-instrumental, que tiene que ver como señala Weber, con la característica específica del capitalismo moderno, del Estado y del orden jurídico moderno, así como también con los actores involucrados en el calculo técnicamente posible.

El segundo componente es el de posibilidad. A través de él, se puede definir lo posible en cuanto a cambio o permanencia del orden establecido. La parte proyectual de la conciencia social puede orientarse a una alteración y creación de nuevas normas de convivencia social; una modificación de las relaciones de fuerza para intentar alcanzar un futuro deseado. Este componente se vincula directamente con las relaciones de poder, ya que quien decide lo que es posible o no, está ejerciendo un poder sobre el conjunto social.

Por otra parte, el componente normativo-institucional tiene que ver con el grado de aceptabilidad que existe en el conjunto social. Gramsci afirma que la institucionalidad más sólida es la que logra incorporarse al sentido común y que ha logrado transformar las relaciones de poder en relaciones de sentido. Hay dos tipos de relaciones de fuerza: las que se generan entre el capital y el trabajo y, la existente entre gobernantes y gobernados.

Rodriguez Sanchez encuentra un reduccionismo objetivista tanto en la obra de Marx como en Durkheim con respecto al sentido subjetivo de la acción y el orden social.

En cuanto a Marx, no acepta el hecho de que conciba la verdad-realidad desde el punto de vista del proletariado, como superior al de la burguesía. Así, la dimensión subjetiva de la realidad social se reduce a una dimensión objetiva, única y verdadera.

Para Rodriguez Sanchez, la historia es reino de lo más o menos posible, dentro de cada universo interpretativo y es hasta reversible; a diferencia de una visión marxista que puede pensarlo como un proceso fatal o un destino inexorable.

El cuarto componente del sentido subjetivo de la practica es el sacral-fantasmatico que ayuda a los sujetos a interpretar la sociedad y sus instituciones.

Responde al funcionamiento de la parte más inconsciente del psiquismo humano, la cual siempre va a tratar de obtener placer y la no necesidad.

La hipótesis planteada consiste en establecer  que luego de una crisis institucional se altera la vida cotidiana, y se expande una crisis psicológica. Se trata de una regresión psíquica que se instala en la sociedad, que intenta volver a una organización psíquica más primaria, con el objetivo de recrear objetos sagrados que le permitan recuperar la confianza perdida.  La regresión es fruto de una crisis en el viejo orden institucional y los efectos que ésta  produce en el psiquismo tanto individual como colectivo.

 

Freud aporta una nueva forma de concebir al individuo que ayuda a entender este aspecto de la dimensión subjetiva de los procesos sociales.

El individuo, desde el psicoanálisis, es un cuerpo deseante de satisfacción. Crea a su paso un camino de deseos, conflictos, frustraciones que van delineando la aparición de  un conflicto individual que luego se articulara con el conflicto social externo.

El ser humano a veces elige  fines que no tengan que ver con un calculo racional, que no lleguen a  traerles beneficios; desea cosas que no se ajustan a un criterio racional y objetivo.

Los fines de la actividad psíquica son el placer y la no necesidad ( Aulagnier). El primer objeto de la satisfacción es el pecho materno. Los objetos tienen la cualidad de poder frustrar y brindar satisfacción al mismo tiempo. Del mismo modo funcionan las realidades sociales; se las puede identificar como un objeto mas que puede amarse u odiarse.

Esta relación amor-odio es un elemento clave para entender el desarrollo y funcionamiento de la sociedad de acuerdo a esta visión.

Se puede considerar que la sensación de desamparo y la consiguiente necesidad de apoyo puede proyectarse y encontrarse sobre el arte, la política, etc. Así, se obtiene un pasaje y articulación entre el mundo interno y el mundo de las relaciones sociales. Hablamos de un psiquismo colectivo, en el que se conectan las experiencias de las psiquis individuales.

A diferencia de otras teorías, la psicoanalista pone su atención en los hechos que marcan y constituyen el comienzo de nuestra identidad individual, ya que van a determinar lo que devenga después.

A través de la  ritualización social se va formando nuestra conducta cotidiana. El primer momento fundante se da en las etapas mas tempranas del ciclo vital, en el vinculo establecido entre la madre y el niño. El ser humano tiene la necesidad de ser reconocido por el otro, para confirmar su propia existencia y la ausencia de este hecho puede dañarlo profundamente. Es una primera afirmación que determina la capacidad de búsqueda de vínculos posteriores, y Erikson denomina sacral o numinoso a este elemento del primer reconocimiento.

Erikson describe el desarrollo de la identidad como un proceso en el que se incorporan elementos que formaran parte de todo ritual adulto y que darán lugar a instituciones especializadas (religión, justicia, arte)

La ritualización  permite a las personas ser ellas mismas y obedecer una norma social establecida, entonces se puede decir que evita tanto el exceso pulsional como la represión mutilante. Brinda elementos para desarrollar una identidad independiente y confirmada socialmente.

El ser humano, a través de la afirmación, logra  confianza y familiaridad así como también puede sentir abandono y desesperanza. A partir de la reafirmación constante de la mutualidad de reconocimiento se puede combatir estos sentimientos y reconstruir los que son necesarios para toda relación social. Esta es la función del elemento sacro

Todos necesitamos tener una garantía de que este reconocimiento podrá ser posible, y así evitar vernos inmersos en una situación de peligro. Tal garantía esta respondida por lo sagrado, las ideologías de la modernidad intentan crear lazos de conocimiento mutuos que conserven el deseo esperanzado y la confianza en la vida social. Se intenta confirmar el orden vigente o proponer alternativas de vida colectiva.

En los primeros meses de vida, se desarrolla la identidad en cuanto somos reconocidos como sujetos de necesidades por Otro, es un ritual de mutua satisfacción y conformador de la primera organización psíquica que responde al principio del placer y no-necesidad, a lo cual tiende el Ello. A esta etapa se regresa en los momentos de crisis psíquica cuando se vislumbra el desamparo y, se impone una nueva visión de la realidad

El principio de la realidad apunta a canalizar el principio de placer ejercitando la capacidad de tolerancia a la frustración; se llega a una nueva etapa del aparato psíquico, es la etapa del Superyo y su ideal.

De acuerdo a Kaes, la organización psíquica puede ser individual o colectiva. El psiquismo colectivo seria un espacio de vinculación entre los psiquismos individuales y el conjunto externo. Esta vinculación es la llamada resonancia fantasmática. De este modo se puede hablar de una organización psíquica colectiva que puede ser regresiva o primaria, presente en los momentos de crisis. Esta organización del aparato psíquico grupal Kaes la llama “polo isomorfico”.

Pichon Riviere nombra a la primera organización psíquica como posición instrumental, que permite al sujeto salir de la situación de confusión, y se conforma un mundo interno, un modo de establecer las relaciones con el mundo externo.

Otra posición es la depresiva que se alterna en diferentes grados con la primera. En este caso predomina el miedo a la perdida del objeto.

La regresión es una situación deseable, ya que permite superar la parálisis propia e la posición depresiva; se logra una reorientación, recuperando el deseo y la esperanza. El nuevo objeto recreado responde al principio de placer, pero luego tiene que superarse y acomodarse l principio de realidad.

La construcción de un movimiento, un partido, un grupo-cuerpo se dirige a la superación de la crisis, a superar las ambivalencias que existen en el orden institucional establecido, que no logra satisfacer nunca a todos los miembros de la sociedad.

El individuo busca en el grupo externo la unidad que ha perdido y espera encontrar el apoyo necesario para superar su desamparo. Sin embargo, esta unidad puede disgregarse o no configurarse. Estaríamos frente a una situación en la cual el movimiento social fracasa al no reconocerse la nueva identidad colectiva.

El éxito del proceso esta dado sólo si el nuevo movimiento genera un ordenamiento institucional que conserve a unidad, pero que permita la diferenciación de los roles y la diversidad de propósitos.

 

 

 

“Concepción del mundo” es el conjunto, mas o menos, coordinado de representaciones simbólicas, o significaciones, y los procesos de producción, circulación y recepción de éstas, que, al posibilitar la designación, apuntalamiento o reelaboración simbólica de las practicas sociales, ayudan a comprender, reproducir o transformar la estructura social, logrando, en alguna medida, que la sociedad se perciba, se instituya, se reproduzca y se identifique como tal, al conformar sus formas de relación social, las orientaciones subjetivas de la practicas colectivas y los papeles o roles y al expresar los fines y necesidades sociales, estipulando lo permitido y lo prohibido, lo valorado y lo devaluado, lo bueno y lo malo, lo posible y lo imposible y, sobre todo, los reconocimiento y desconocimientos. Es decir, incluye todas las practicas, discursos, organizaciones etc., dedicadas a la administración, conservación y revalorización del sentido social, en un momento histórico.

Estas concepciones del mundo, o formas históricas del imaginario social, tienen dos dimensiones fundamentales: la histórica-social y la trascendental. La primera tiene que ver con la huella dejada por el sujeto colectivo en el cual ha sido elaborada. La segunda con el papel, eterno o transhistórico, de la capacidad designadora del hombre, incluido el papel de la palabra, de afirmar el sentido de la existencia humana, más allá de toda fragilidad, contingencia, finitud o limitación. Capacidad que esta ligada a la finalidad básica del psiquismo humano: el placer y la no-necesidad, siendo la necesidad primordial la del reconocimiento, fundamento de toda identidad. Por ello las concepciones del mundo tienen dos funciones principales, le identificante y la legitimante, donde la función legitimante es cumplida más plenamente, en la medida que dicha concepción se ha vuelto identificante, y volviéndose identificante, en la medida que logra definir lo sagrado, aquello incuestionable que sirve de basamento ultimo del sentido de la existencia y en lo cual se puede depositar la confianza y la esperanza.

En los mitos y las religiones la dimensión trascendental es manifiesta, ya que son discursos sobre el encuentro con lo sagrado, en cambio la dimensión histórico social aparece como en un segundo plano.

En cambio en las ideologías de la modernidad la dimensión histórica ocupa la mayor parte del discurso, pero la dimensión trascendental no desaparece, por el contrario, las ideas que aluden a ella son centrales en la arquitectura argumental de un discurso orientado hacia una acción de reingeniería institucional. Estas ideas trascendentales son: “el estado naturaleza” en el liberal-democratismo político, la “sociedad comunista” en el socialismo marxista, y la “competencia perfecta” en el liberalismo económico. Todas ellas aluden a situaciones ideales donde las limitaciones humanas son superadas, donde el hombre se encuentra en armonía consigo mismo, con la naturaleza y con sus semejantes, donde no existen conflictos ni desequilibrios, o son resueltos instantáneamente. Todas estas ideas son imposibles históricamente y solo son posibles trascendentalmente.

En este trabajo la ideología no será pensado en términos de falsa conciencia, sino como aquella forma discursiva orientada por la razón y enfrentada a la teología y filosofía tradicional, que surgió con la modernidad y que busco deslegitimar el orden de los privilegios estamentales y legitimar una reconstrucción institucional formalmente igualitaria.

Lo ideológico se refiere a aquellos aspectos de los procesos culturales o simbólico imaginarios o de significación social que, muchas veces sin expresarlo plenamente, buscan legitimar una estructura social, presente o futura, de poder y/o interés particular, fundamentando esa legitimación en un beneficio general o en una idea universal y buscando generar identificación, de una manera aparentemente racional, aunque, en realidad sacralizando a dicha estructura de poder  y/o interés.

Las ideologías de la modernidad en cuanto a orientado tras de un proceso de reingeniería institucional sometieron y cualificaron a los individuos, por medio de un triple proceso de interpelación, configurando una nueva subjetividad, la moderna. Estos modos de interpelación han intentado conformar los tres primeros elementos de toda identidad y de todo ritual y, en cierto sentido, lo han logrado. Por eso, se puede encontrar en ellas interpelaciones que intentan definir lo que existe y lo que no existe, lo correcto y justo y lo que es incorrecto e injusto, lo que es posible y lo que es imposible, moldeando nuestro sentido del cambio y la mutualidad.

En la modernidad lo sagrado ha estado siempre presente, nunca ha desaparecido, aunque se haya depositados en diversos objetos  sujetos. Los “dioses” modernos han sido, alternada o simultáneamente, la razón, la clase, la nación, el estado, el mercado, la ciencia, pero todos ellos han intentado monopolizar la confianza y la esperanza de los hombres, sentimientos que deben depositarse sobre lo más seguro, completo y perfecto posible, o sea lo sagrado, para ser operativos y cumplir su función de piedra angular de toda identidad.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

Las ideologías de la modernidad surgieron en una situación de crisis institucional. Estas crisis, cuando son severas, desencadenan crisis psíquicas extendidas. Y las colectividades, cuando una intensa crisis sacude su ordenamiento institucional, sus representaciones culturales y sus creencias subjetivas, cuando el orden vigente es percibido como represivo y no como continente, suelen reconstruir imaginariamente dicho orden de acuerdo al deseo y al principio de placer. La operación psíquica responsable de esta reconstrucción es la regresión, a la posición instrumental y a sus técnicas de defensa contra la angustia, en el aparato psíquico individual, y al polo isomórfico de la ilusión de la conciencia entre la realidad deseada y la realidad externa, en el psiquismo colectivo. Regresión desencadenada por la crisis de las organizaciones psíquicas que aparecieron posteriormente  en el desarrollo del aparato psíquico y de la identidad. Cuando la ambivalencia y cuando la ley, que organiza las diferencias particulares al interior del grupo, no es aceptada, se desencadena la regresión.

Erikson sostiene que toda identidad y todo ritual colectivo tiene cuatro elementos básicos. El numinoso o sacral, el llamado judicial, que se construye a través del desarrollo del lenguaje cuando se incorpora la norma social y surge la autonomía locomotriz de la criatura humana, configurando la seguridad y certeza moral. El tercero, llamado lúdico dramático, el cual surge en la edad del juego infantil, encierra un elemento dramático pues jugar a ser adulto, algo muy común en esa edad, implica la posibilidad de remplazar a los adultos, algo que genera culpa. También es el momento de la resolución del complejo edipo y de la fase fálica del desarrollo de la libido. El cuarto elemento, llamado por Erikson, formal, se inicia en la edad escolar, cuando el juego se convierte paulatinamente en un trabajo que debe ejecutarse de acuerdo a reglas técnicas que permiten el logro eficaz y eficiente de los objetivos buscados.

Construir lo colectivo, en cuanto elaboración de un “aparato psíquico grupal”, es darse mutuamente la ilusión metafórica de ser un cuerpo indiviso y omnipotente. La fantasía del grupo-cuerpo, de la unidad orgánica de los miembros de la sociedad, tranquiliza la angustia profunda de no tener existencia en el deseo del otro. Tal fantasía implica una sutura del espacio transnacional, entre el individuo y el grupo, y una negación de la diferencia de lo social y lo personal, aunque nunca puedan darse uno sin lo otro.

 

 

La sumisión alienante se monta sobre un fenómeno de regresión psíquica, colectiva e individual, que implica suspender el juicio realista y liberar las pulsiones , autonomizándolas, y depositándolas en un escenario social.

El estado de alineación es el prototipo de las relaciones de asimetría. En ella, la fuerza alienante tiene la propiedad de satisfacer los objetos de la pulsión erótica y de la pulsión de muerte, en una fusión pulsional, temporaria precaria, que silencia el conflicto identificatorio entre el yo y sus ideales. Es deseo de alienar, o de alienarse, busca excluir toda causa de duda, de conflicto o de sufrimiento y para preservar esa exclusión, el yo se ve obligado a tomar a su cargo la muerte de su actividad de pensamiento, en cuanto diferente de aquello que solo es actividad de repetición y memorización, de algo ya pensado por otro y para siempre.

El estado de alineación del yo se apoya en dos soportes: en primer lugar, en una idealización masiva de quien ejerce la función alienante y esta, a su vez, es soporte de un deseo de alienar a otros, por parte del sujeto alienado, de un retomar ese mismo deseo,   pero como adepto, partidario de una causa, cuyo poder de demostrar su verdad lo atribuye a esa fuerza. Siempre en nombre de una “buena causa” alienamos nuestro pensamiento. Esta patología de la idealización y de la identificación genera una estructura narcisista que articula, en un escenario social, el “si mismo grandioso” de la fuerza alienante con un “objeto omnipotente” introyectado en los alienados.

            La alineación exige el encuentro de, por lo menos, dos sujetos: el que desea alienar y el alienado.  Preserva un estado total de desconocimiento por parte del alienado, del accidente sobrevenido a su pensamiento, que solo podrá ser percibido por un observador externo o terminada la situación. Es una vivencia no nombrable ni perceptible por quien la vive. En muchos casos, la fuerza alienante instrumenta su acción por medio de una concepción del mundo.

            La alineación del otro es la realización de un deseo de matar al pensamiento. Este encuentro alienante-alienado, no debe ocultar que el primero proyecta y realiza, sobre el otro, un deseo que concierne a su propio pensamiento.

            El intento desesperado por suprimir el conflicto y el sufrimiento psíquico, subyacente al estado de alineación puede estar motivado por dos situaciones:

1)     el sujeto aliena su pensamiento en una ideología dominante, sea política o económica o en una ideología de una secta, que lo absorbería totalmente.

2)     el sujeto puede hallarse inmerso en un sistema social y de poder que le impide pensar libremente ese sistema.

 

En la postmodernidad, la situación de alineación se expresa en la impotencia política, la fragmentación y particularismo de las identidades colectivas y la sensación instalada de ausencia de alternativas de cambio, situación sostenida por una cambiante, pero sólida, combinación de violencia física y simbólica del sistema del poder.

 

La rebelión contra el orden social existente es otro escenario de la regresión psíquica, colectiva e individual, desencadenada por la crisis de las instituciones. Se expresa en tres formas imaginarias: la utopía, la espera mesiánica y   la posesión. Son proyecciones sobre el futuro que apuntan a la salvación y regeneración del mundo social, mediante el fin del viejo mundo y el advenimiento de uno nuevo. El punto de partida es el rechazo global, por un grupo de hombres, de la sociedad, a la que se considera perversa y viciada en sus instituciones.

 

La espera mesiánica:  es la respuesta social más frecuente de una sociedad, o grupo social, amenazada desde adentro o afuera en sus fundamentos, donde multitudes explotadas y sedientas de justicia social se congregan en torno a sus líderes carismáticos para transformar su desesperación en esperanza.  La sociedad procura reestructurarse en torno a una opción única y universal, por medio de la predicación de un mensaje escatológico con fama de purificador y considerado como el único capaz de reunificar al grupo. Consiste en una lógica de la espera animada por el proyecto del advenimiento de un “Reino” de felicidad en la tierra.

 

La posesión: es una reacción de defensa ante una situación de frustración intensa, que no se conforma con el advenimiento de una nueva era, sino que la realiza, aquí y ahora. Los verdaderos cultos de posesión no sólo designan a ciertos comportamientos colectivos, como los grandes festivales  sino también, todas las actitudes de teatralización de la existencia, como los masivos espectáculos deportivos y artísticos de la era postmoderna.

 

La utopía: es la pasión por la perfección, alcanzada de una vez y para siempre, que para construirse, frente a la sociedad rechazada, toma de ésta casi todos sus materiales pero invirtiéndolos.  Es un salirse de la historia gracias a una proyección de un “en otra parte”, donde la felicidad de los hombres se organiza minuciosamente. Es la construcción, lógica y rigurosa, de una sociedad perfecta, sometida a los imperativos de la planificación absoluta, que todo lo ha previsto por anticipado y que no tolera la menor falla ni el menor cuestionamiento.

 

Estas tres formas difieren en el estilo de respuesta pero se dan sobre un fondo común que responde a la regresión psíquica desencadenada por la crisis y movilizan la protesta social.

sentido contrario, para reactualizar el momento prestigioso de la”creación”, anterior a la decadencia, al afirmar que todo esta comenzando y que nos hallamos en el año primero de la nueva era.

 

El comportamiento humano está determinado, según el enfoque freudiano, por dos impulsos básicos, de base corporal pero configurantes del Ello originario: la pulsión de la vida y de la pulsión de la muerte. La primera es aquella que tiende a disolver las vinculaciones cada vez mayores y la segunda es aquella que tiende a disolver las vinculaciones existentes. Pero, la carga de energía pulsional de los individuos no se agota en la polarización de objetos amados y odiados, existiendo objetos que son cargados ambivalentemente, combinándose la energía erótica y la energía de pulsión de muerte.

Alberoni enumera una serie de principios que regulan el desplazamiento, la fijación y la ambivalencia de las cargas pulsionales:

1)     Principio de placer: establece que las cargas son de dos tipos: positivas y negativas y que su descarga produce placer cuando se dirigen a objetos dotados del mismo signo.

2)     Principio de realidad: todo sujeto tiende a investir establemente de cargas positivas a aquellos objetos, individuales o colectivos, que le proporcionan placer y que le invisten libinalmente a él. A su vez, el sujeto tiende a investir de cargas negativas, en forma estable, a los objetos, individuales o colectivos, que le agreden, le causan displacer y que le invisten establemente con cargas de agresividad.

3)     Principio de ambivalencia: la tolerancia a la ambivalencia es inversamente proporcional a la investidura total del objeto. Es decir, cuando un objeto individual o colectivo tiene escasa importancia para el sujeto, la ambivalencia puede ser tolerada, pero, cuando un objeto individual o colectivo tiene enorme importancia para el sujeto, el grado de tolerancia de la ambivalencia se vuelve mucho más bajo. La ambivalencia respecto a objetos fuertemente investidos provoca una sensación de dolor y constituye una fuente de displacer. Paralelamente, la reducción de ambivalencia constituye una fuente de placer. Este principio de la dinámica psíquica depende de la articulación del principio de placer con el principio de realidad y del umbral de tolerancia al displacer que tienen todos los individuos, siendo el origen psíquico de la rebelión naciente.

 

 

Piera Aulagnier – “Los Destinos del Placer”

 

Es importante mencionar en el comienzo de su teorización su afirmación sobre la relación existente entre “Yo y verdad” al considerar que no hay verdad singular como tampoco hay verdad que pueda ser la pura repetición como un eco de la verdad de otro; la verdad exige que sea compartida, es decir, que se la crea compartida.

Esta propiedad y esta exigencia de una prueba de verdad explican porque nosotros como sujetos hablamos, escribimos o creamos: todo sujeto solo puede pensar en la medida en que cree en ciertas verdades, que propone a los demás, con la convicción de que ellos las reconocerán como tales.

Caracteriza al discurso interior  ese carácter incompleto, flotante, de contradicción oculta, de fantasmatización exterior que al exponerlos nos enfrenta a la realidad, de elaboración del pensamiento.

 

Hay que destacar que Aulagnier retoma el concepto pulsión de Freud, según él cual dicha pulsión no reconoce más que una meta, que es su satisfacción. Esta catectización, es decir, esta acción de dirigir la energía pulsional (libido), inconsciente, hacia los objetos,  permite hallar ese estado de placer hacia el cual apunta la psique. Tanto el Ello como el Yo y el Superyo son instancias psíquicas que hacen al ser y corresponden a las segunda teoría del aparato psíquico conceptualizada por Freud

 El ello puede entenderse como el reservorio de esas pulsiones que son en parte hereditarias e innatas y en otras parte reprimidas y adquiridas según.

Entendiendo esto, puede sostenerse que el principio de realidad del YO no puede anular ese principio de placer, debe canalizarlo.

Estado de Placer y estado de no necesidad son los dos objetivos antinómicos, contradictorios, que persigue la actividad psíquica. Vivir y preservarse vivo exigen esta antimonia.

 

Los términos de Pulsión sexual- pulsión de vida designan un conjunto de pulsiones, de mociones cuya satisfacción implica que se preserve el estado vital. La pulsión de muerte puede entenderse como una pulsión cuya satisfacción total implicaría la desaparición de todo aquello que puede ser causa de la necesidad y del riesgo de sufrimiento.

Eros como pulsión de vida y Thanatos como pulsión de muerte corresponden al ELLO y aparecen simultáneamente.

 

Aulagnier sostiene que hay tres destinos que la búsqueda del placer puede imponer a nuestras catectizaciones, es decir a esa acción de dirigir la energía pulsional hacia un objeto y a nuestros pensamientos, estos son, alineación-amor-pasión.

En cuanto a las relaciones de amor se da lo que Aulagnier denomina relaciones de simetría, a partir del cual el compromiso que el  amante esta obligado a preservar entre placer y sufrimiento, entre el placer de gozar de su pensamiento y el de gozar de su cuerpo, compromisos sin los que no podría preservar su carga de la realidad.

En cuanto a la pasión sostiene que la misma no implica un cambio cuantitativo en relación al amor sino un cambio cualitativo, esto transforma aquello que hubiera debido permanecer como objeto de placer y objeto de demanda, en un objeto ubicado en la categoría de la necesidad.

 

Alienación

 

Por último, en el análisis y la teorización del concepto de Alienación Aulagnier aísla las patologías de neurosis y psicosis. Esta fuerza alienante, como el objeto catectizado satisface los objetivos conjuntamente de Eros y Thanatos, formándose así una pulsión temporaria, que silencia el conflicto identificatorio del sujeto.

 

Alienar el pensamiento  a una ideología identificatoria consiste en descatectizar los propios ideales y proyectos identificatorios. Es decir que de esta manera, mediante un mecanismo se busca eliminar el conflicto de la identificación, se postergan los deseos personales en función de un proyecto supuestamente ya realizado por otro, con lo que se evita el conflicto del pensamiento propio y con ello toda causa de sufrimiento, se elimina el YO como ser pensante y deseante. Esta exclusión del yo consiste en hacer propio el discurso del otro sin enjuiciar sus pretensiones de validez.

Por eso es que Aulagnier sostiene que la realidad social se vuelve fantasmática, sobre la base de un discurso de poder, compartido por alienante y alienado.

Es interesante contrastar este conflicto identificatorio que los sujetos acusan en función del concepto de Freud que retoma en su texto Psicología de las masas y Análisis del YO: En el capitulo IV titulado Sugestión y libido sostiene que el individuo integrado en una masa y bajo la influencia de la misma experimenta una modificación, a veces muy profunda, de su actividad anímica. Su afectividad queda extraordinariamente intensificada. Ambos procesos tienden a igualar al individuo con los demás de la multitud, fin que solo puede ser conseguido por la supresión e las inhibiciones peculiares de cada uno y la RENUNCIA a las modalidades individuales y personales de las tendencias.

 

  • Esta alineación intenta callar, silenciar el conflicto identificatorio, abolir todas las causas del conflicto entre identificante e identificado, es decir todo conflicto entre el YO, sus deseos y los deseos del YO. De esta manera, al abolir toda causa de conflicto, al mismo tiempo se eliminaría toda causa de sufrimiento, por lo que este ESTADO DE ALINEACION representa el límite extremo que puede alcanzar el yo en la realización de este deseo, y si avanzara aun más desembocaría en la muerte del pensamiento propio.

Este estado de alineación del yo se soporta en dos ejes esenciales:

 

  • Una idealización masiva del que ejerce la fuerza alienante y a su vez el deseo de alienarse del sujeto respecto a esos ideales, que no le son propios. Esto quiere decir básicamente que la alineación exige el encuentro del sujeto con otro sujeto que desea alienar, con un deseo de alienar que debe poder hallar en la escena social otro sujeto cuyo pensamiento o acción inducen la alineación de una parte o la totalidad de sus semejantes.

 

La alienación implica un estado de total desconocimiento por parte del alienado, del accidente ocasionado a su pensamiento, esto es a su renuncia como ser pensante y deseante.

Retomando el propósito de la alienación:

- Es interesante comprender las motivaciones de esta reducción del conflicto y del sufrimiento psíquico:

 

Motivaciones de la Alineación:

 

  • Puede darse en casos donde el sujeto se halle preso en un sistema social (una sociedad) y en un sistema de poder en el que se impone las referencias identificatorias, sus ideales a través de un discurso y de esta manera se le impide al sujeto desarrollar su pensamiento libremente no quedándole otra salida que orientarse hacia una alineación de sus deseos. De esta manera, el poder, amenaza de muerte el pensamiento, relegándolo a una construcción impuesta.
  • En cuanto a razones subjetivas el sujeto puede alienar su pensamiento en una ideología dominante que pertenezca a una secta, un grupo o microgrupo

 

Ambas motivaciones producen una desidealizacion del yo como fuente de pensamiento.

 

La Alineación o la muerte:

 

Como decíamos, este tipo de sociedad donde el poder desempeña el papel de fuerza alienante, que amenaza a todo opositor debe entenderse en un sentido de reciprocidad en el que se establece una relación de perseguido, perseguidor. No tendría sentido alguno sostener que el poder de esta fuerza alienante descansa puramente en la coerción, en la fuerza, sino que se sostiene en la capacidad de esta fuerza alienante de INFILTRARSE en el conjunto de relaciones presentes entre los sujetos, de esta manera la relación perseguido-perseguidor se sistematiza en la realidad social.

Lo propio del discurso del poder infiltrado en esa realidad social impide a los sujetos reconocer esa parcialidad de discurso, a su vez significa la realización de una interpretación fantasmática de la realidad.

De esta manera se impone al Yo una doble exclusión al sujeto:

  • Exclusión de lo que el podría ver con respecto a esa realidad en tanto sea capaz de juzgar el discurso del poder.
  • Exclusión de la interpretación fantasmática que se despertaría como eco de esa incapacidad.

Esta fuera alienante se propone la exclusión de una puesta en pensamiento referente a la realidad que ella misma modela y a la vez la exclusión de la representación fantasmática que esa realidad produciría.

Esta exclusión influye directamente en el pensamiento, ¿de que manera? El sujeto por razones de supervivencia tiene el mayor interés en no pensar al poder como perseguidor, nuevamente, no solo tiene que evitar pensar la realidad que percibe sino que también evitar las fantasías que esa realidad despierta.  Frente a esta situación, el “YO” se ve obligado a atribuir un valor de certeza al discurso que la fuerza alienante pronuncia sobre la sociedad.

 El sujeto no sustituye a la realidad por su fantasía, sino exactamente por el discurso dicho por otro, donde la realidad es tal y como ese otro la define. Por eso, esta alineación, en su punto más trágico consiste en la desrealización de la realidad de lo percibido por el sujeto a partir de una representación discursiva, impuesta.